EL FÚTBOL ENCAPUCHADO

El fútbol, el deporte más masivo y mediático del mundo, no podía quedar al margen de la licuadora zapatista. Frente a la polémica que oscila entre su consideración como un poderoso opio del pueblo o los que exaltan su capacidad de constituir “una guerra sin armas”, Galeano subrayaba su tirón popular comparándolo con una especie de religión, recordando la devoción que le tienen muchos creyentes y la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. El balompié alcanza así una clara hegemonía deportiva mundial, convertido en un hecho social total. En México supone, además, una continuidad con el juego de pelota prehispánico, hasta llegar al fútbol moderno como exponente máximo de la cultura de masas y de la identificación grupal, como subraya Juan Villoro en Los once de la tribu (1995). En Chiapas, fue introducido a principios del siglo XX y cobró especial impulso con el concurso de las ligas impulsadas por los exiliados republicanos españoles a partir de los años cuarenta. En los años ochenta alcanzó un cierto desarrollo e impulso de manos del gobernador Sabines, pero en los noventa todavía no alcanzaba una gran popularidad. La irrupción zapatista de 1994 puso de manifiesto la tensión interna en la sociedad chiapaneca motivada por las demandas indias, una fragmentación mantenida durante años y que tuvo uno de sus elementos paliativos en la llegada en 2002 de un equipo profesional de fútbol: los Jaguares de Chiapas. El fútbol ofrece así las condiciones para congregar a la población en torno a un símbolo tangible de sí misma, que además entronca, en este caso por medio de su nombre, con la mitología maya: el jaguar alude al sur de México y hasta los zapatistas destacan en su identificación con el equipo.

Como deporte, el fútbol es, junto al baloncesto, uno de los más practicados en las comunidades indígenas. Por ello, no es extraño que el fútbol aparezca muchas veces citado en la literatura zapatista, donde las alusiones a su práctica por los niños, como el Olivio, el Jorge o la “Jeniperr”, o las propias insurgentas, como la Erika, abundan. El propio Marcos, al inicio del levantamiento, reveló que alguna vez había sido jugador de fútbol en la cantera del Monterrey y, muy pronto también, en 1996, se definió como “un aficionado discreto, serio y analítico, de ésos que revisan los porcentajes y los historiales de equipos y jugadores”, que considera el fútbol como un exponente “de los valores supremos del ser humano”, quizás en la estela de la conocida afirmación gramsciana de que el fútbol es el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre. Marcos aprovecha en muchos de sus comunicados para criticar el elitismo de sus críticos y reivindicar diversos aspectos de la cultura popular, como el gusto popular, y zapatista, por el futbol frente a las críticas de ser “el opio del pueblo”, al igual que reivindica las series televisivas o el cine pirateado.

El EZLN tiene incluso su selección zapatista de fútbol, con su propio uniforme, negro y blanco con una estrella roja y sus siglas, estrenado públicamente en un encuentro de alto nivel, celebrado en 1999 en un campo en Ciudad Universitaria en el D.F. En esa ocasión, en el contexto de la Consulta Nacional por los derechos de los pueblos indígenas, la selección zapatista se enfrentó a un combinado de viejas glorias del fútbol mexicano, incluyendo varios destacados técnicos internacionales o jugadores integrantes de la selección mexicana mundialista, como Javier Aguirre, Raúl Servín, Luis Flores, Agustín Manzo, Rafael
Amador o Luis Fernando Tena. Javier Aguirre, entonces técnico del Pachuca y luego de equipos como el Osasuna, de hecho había sido asesor de los zapatistas en 1996 en la discusión de los Acuerdos de San Andrés.

Esa afición al fútbol entronca también con un tipo de prácticas solidarias y es motivo de encuentro con grupos de aficionados europeos. Hasta motivó la visita del ahora célebre artista Banksy en 2000 para jugar una serie de partidos de fútbol entre un club libertario y solidario británico y varios equipos zapatistas. De hecho, su mural en La Realidad de un zapatista jugando al fútbol bajo el lema A la libertad por el fútbol se convirtió en un motivo reiterado en la iconografía de los grupos de hinchas radicales de izquierda.

Dichos grupos de aficionados radicales son especialmente activos en Italia. Allí funciona una Red de Fútbol Rebelde, que reúne a grupos de hinchas, equipos de migrantes, de los centros sociales ocupados o miembros de la asociación prozapatista Ya Basta. Una de sus iniciativas más llamativas fue impulsada por un miembro de esta red, Francesco Romor, “El Bae”, que conjugaba la participación en los hinchas de la Curva del Venezia-Mestre con la Asamblea del “Centro Sociale Rivolta” o la Asociación “Noi ultras”. Él fue el impulsor de un proyecto consistente en la construcción y el mantenimiento de un estadio de fútbol, conocido como el campo del Bae, en la comunidad rebelde chiapaneca de Guadalupe Tepeyac. El estadio concitó la colaboración, entre 2001 y 2008, de más de cuarenta grupos de hinchas ultras y diversas asociaciones políticas y sociales italianas. Costó un total de 85.000 euros, invertidos en
un proyecto eco-sostenible y multifuncional, pues no sólo se puede practicar fútbol en el estadio, sino que sirve como espacio asociativo para realizar otro tipo de actividades culturales y sociales. Habiendo servido además para crear otras infraestructuras como una carpintería y conducciones de agua. Es posible asimismo rastrear la influencia zapatista en actividades como los Mundiales Antirracistas, celebrados también en Italia. Iniciados por Progetto Ultra e Istoreco (Istituto Storico per la Resistenza) de Reggio Emilia en 1997, en su edición de 2014 ya alcanzaba la participación de cerca de 200 equipos de fútbol, 24 de baloncesto, varios de rugby y unas 7.000 personas asistentes de más de una decena de países europeos y africanos.

Aparte de esas iniciativas de fútbol de base y popular, la iniciativa futbolística más famosa del zapatismo tuvo lugar en 2004, cuando se inició la colaboración entre el EZLN y el equipo italiano del Inter de Milán. Ese año, los jugadores del Inter, a iniciativa de Bruno Bartolozzi, directivo del equipo, y de su capitán, Javier Zanetti, hicieron una pequeña donación para reparar el sistema de aguas de la comunidad zapatista de Zinacantán, dañado por un ataque paramilitar. La donación de varios miles de euros viajó acompañada de una camiseta y una carta de Zanetti, donde declaraba compartir los mismos ideales del espíritu zapatista: “Creemos en un mundo mejor, en un mundo no globalizado, sino enriquecido por las culturas y costumbres de cada pueblo. Es por esto que queremos apoyarlos en esta lucha por mantener sus raíces y pelear por sus ideales”. La Junta de Buen Gobierno de Oventic contestó en mayo de 2004, invitándoles a visitar su tierra y, al año siguiente, Bartolozzi viajó a Chiapas y participó como observador de derechos humanos en un campamento civil por la paz en la zona de conflicto.

Desde entonces, la colaboración económica del Inter fue creciendo, especialmente en el área sanitaria. La relación del EZLN con el Inter de Milán se fortaleció en 2005, cuando entregaron a Bartolozzi una carta para el equipo italiano, invitándolo a jugar un partido de futbol contra su selección, aclarando que estaban dispuestos “a no ganar por goleada y darles una paliza, sino a derrotarlos con un solo gol, para que su noble afición no los abandone” y que el partido sería retransmitido por el Sistema Zapatista de Televisión Intergaláctica. El 11 de mayo, el presidente del Inter, Massimo Moratti, respondió afirmativamente a la provocación, en una sentida carta en la que se felicitaba por la relación del “pueblo neroazzurro” con los pueblos indígenas mexicanos: “El pueblo interista, como esta sociedad de futbol, intentará estar siempre cerca de vosotros exactamente como vosotros, con vuestro ejemplo, estáis cerca de nosotros”. (…) “Cada revolución comienza de su propia área de penalti y finaliza en la puerta adversaria”. Marcos contestó con una carta proponiendo dos partidos, en México e Italia, aunque llega a proponer que fueran un total de siete, jugando también varios en Estados Unidos, Cuba y España.

Proponía que los árbitros fueran el argentino Diego Armando Maradona, el mexicano Javier Aguirre, el argentino Jorge Valdano y el brasileño Sócrates, y los cronistas los uruguayos Eduardo Galeano y Mario Benedetti, y los italianos Gianni Miná y Pedro Luis Sullo.
La noticia recibió una gran acogida en los medios mexicanos y europeos, hasta el punto de que el propio Comisionado para la paz en Chiapas del gobierno mexicano, Luis H. Álvarez, tuvo que declarar que no encontraba riesgos ni inconvenientes en la celebración del partido en el estadio de la Ciudad Universitaria de la capital mexicana. Finalmente, el anunciado encuentro no tuvo lugar por motivos desconocidos, aunque el propio Bartolozzi cuenta de primera mano lo ocurrido.

En cualquier caso, la colaboración del Inter con el EZLN se ha mantenido inalterable, ampliándose a la celebración de unos seminarios de fútbol veraniegos en los que un equipo de técnicos italianos se desplaza los veranos de cada año a tierras zapatistas para colaborar en la formación de equipos futbolísticos en un acuerdo con el sistema educativo autónomo. En justa compensación, Marcos sigue afirmando públicamente su convicción nerazzurra en recientes comunicados: “Y no, ni al Barcelona ni al Real Madrid, yo le voy a los Jaguares de Chiapas, en México, y al Internazionale de Milán, en Italia”.