RESONANCIAS ZAPATISTAS EN LOS MOVIMIENTOS SOCIOPOLÍTICOS

El zapatismo aparece como un potente inspirador de movimientos sociales, característica quizás hoy más acusada fuera de las fronteras mexicanas que dentro de ellas. No es que su influencia sea desdeñable allí, pues es fácil ver las conexiones y simpatías presentes en algunos de los movimientos sociales mexicanos del siglo XXI más importantes, como es el caso del Movimiento por una Paz con Justicia y Dignidad encabezado por el poeta Javier Sicilia en 2011 o en el juvenil #Yosoy132 en 2012. De forma organizada, su influencia es ahora menor a la que alcanzó a finales del siglo pasado, limitándose en la práctica a dos ámbitos: por un lado, los pequeños sectores sociopolíticos agrupados en lo que se reivindica ahora como la Sexta, una izquierda no interesada en la lucha electoral, sino social, antagonista, socialista y autonomista, y, por otro, y sin duda más importante, los sectores indígenas agrupados en el CNI, del que es uno de sus más destacados impulsores. Esa influencia no es sólo ideológica u organizativa, sino que sirve de inspiración para alguno de los desarrollos políticos más interesantes de lo que se ha dado en llamar el autonomismo indígena mexicano, presente en experiencias municipales y regionales en otros estados mexicanos, como es el caso de los municipios autónomos en Michoacán u Oaxaca, o las Policías Comunitarias (CRAC-PC) en Guerrero. Incluso, obviando muchas diferencias, su impulso deslegitimador del Estado mexicano también es rastreable en el más reciente y extendido fenómeno de las autodefensas rurales armadas surgidas en 2014, presentes en la tercera parte del país.

Muchos autores señalan que la irradiación zapatista es un acontecimiento trascendental de la historia mundial contemporánea, ya que influye en el surgimiento de dos procesos, el movimiento altermundista y una oleada de luchas populares en América Latina, que marcaron un corte en la historia del conflicto social, provocando un cambio de época, al cerrar la etapa hegemónica del neoliberalismo y abrir el tiempo de su crisis. Así, se distinguen fuera de México varios ámbitos de resonancia del zapatismo. En lo que respecta al mundo campesino, es de destacar que, desde hace más de una década, uno de los principales aliados del EZLN ha sido el movimiento internacional Vía Campesina, lo que ha permitido encontrar resonancias de sus posiciones no sólo en países latinoamericano, como Brasil con el MST, sino en asiáticos como Corea, Tailandia, Malasia o India, donde colaboran con movimientos autonomistas como Telangana en Andhra Pradesh. El impulso autonomista es también la vía que explica la inopinada confluencia teórica y práctica del zapatismo con movimientos como el kurdo en Turquía y Siria, tan de actualidad con su exitosa resistencia kurda frente al DAESH, y que han arrojado luz sobre la experiencia de autogobierno en la región kurda de Rojava en Siria.
Así, los zapatistas son también importantes al constituir, como los kurdos, una zona de experimentación autónoma, basada en la tentativa de conquistar su derecho al autogobierno por medio de la resistencia civil no violenta, lo que explica también su influencia en el movimiento libertario internacional.

Otro eje de resonancia destacable son los movimientos populares e indígenas en América del Sur. En especial, en Bolivia y Ecuador, donde poderosos movimientos indígenas y campesinos sacudieron los sistemas políticos y abrieron las puertas a la redacción de nuevas constituciones. Así, nociones zapatistas son rastreables en organismos indígenas del Ecuador, como la CONAIE, o sectores del MAS boliviano. Por ello, los zapatistas, con su política del “andar preguntando” ponen en marcha el concepto tojolabal de democracia, del “mandar obedeciendo”, llamado a ser el eje global más resonante de su experiencia. Así, es de señalar que en 2006 Evo Morales, tras ganar las elecciones presidenciales en Bolivia, y prometer su cargo, concluyó prometiendo “mandar obedeciendo”, citando expresamente al zapatismo.

Otro ámbito muy destacable es el que continúa señalando al zapatismo como lejano
antecedente del movimiento global. El zapatismo y sus simpatizantes anticiparon formas de acción y estrategias que hoy son clave en las movilizaciones como la Primavera Árabe o el 15M español. Ellos fueron los impulsores de la creación de la AGP en 1998, convocante de las movilizaciones contra la OMC en Seattle en 1999 o después contra el FMI en Whashington o Praga, reuniendo en una red a organizaciones de África, Europa, América y Asia. Ellos comenzaron las alianzas de la sociedad civil con hackers y el empleo de ciberacciones, como el uso de programas como Floodnet, para conseguir cambios sociales o políticos. Internet usado no sólo como medio de comunicación, sino como herramienta organizativa y de coordinación: sin la red hubiera sido imposible la organización y la asistencia a los encuentros intercontinentales de 1996 y 1997, así como el establecimiento de alianzas de largo alcance con diversos sectores sociales, como los movimientos desobedientes, los centros sociales okupados o los ciberactivistas. Comienza a ser característica de las nuevas formas de movilización la preocupación por la comunicación y la construcción de redes informativas alternativas, como los Indymedia, el anonimato simbólico de los activistas como expresión de una identidad colectiva, como Anonymous, o el uso de internet y las ciberacciones para crear redes de difusión y apoyo. En estas últimas, destaca la alianza entre sectores sociales activistas con artistas y expertos en comunicación y diseño de comunicación de guerrilla., todo bajo la idea de que alterar el código es más subversivo que destruirlo.

Hay autores que destacan el papel fundador del zapatismo en lo que denominan los novísimos
movimientos sociales, los originados en la frontera del nuevo milenio, con acontecimientos simbólicos y fundadores como Seattle en 1999, Praga en 2000 y Génova y Porto Alegre en 2001, con las luchas y protestas contra el capitalismo neoliberal e informacional.
Son movimientos heterogéneos, descentralizados y que huyen de jerarquías. Su base deja de ser local o nacional para pasar a funcionar en redes más amplias, como una forma de internacionalismo localizado, lo que conocemos como “glocalidad”. Trabajan sobre reivindicaciones económicas, incluyendo la solidaridad con los marginados por la globalización, o culturales, subrayando el derecho a la diferencia y las nuevas identidades culturales, en un ámbito de acción y reivindicación global, transnacional. Su repertorio de acciones va desde las más tradicionales, como las marchas, manifestaciones y bloqueos de cumbres y reuniones de los poderosos, hasta formas muy teatrales y creativas, junto a una profusa utilización de internet para la coordinación callejera o para la invención de nuevas formas de protesta virtual. Esas redes transnacionales permiten la confluencia de un amplio campo de personas y colectivos, articulados por medio de un núcleo fuerte y, al tiempo, flexible, que usando nodos de interconexión por donde fluyen propuestas de acción, recursos y conocimientos, permiten la comunicación con una periferia que, aunque menos activa, es más amplia y diversa. Tras la crisis financiera internacional de 2008 surgió un nuevo tipo de movimiento global, el conocido como los indignados, que en parte responde a estas características señaladas anteriormente aunque en el nuevo contexto económico de escasez frente al entusiasmo neoliberal de principios de milenio. En la convocatoria a la acción global mundial del 15 de octubre de 2011, estos movimientos se referían a los zapatistas como un antecedente expreso.

Por último, el zapatismo apuesta por una nueva concepción de la política distribuida, ajena a jerarquías y a estructuras verticales, resumida en el lema: “Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece”, inspirador de nuevos formatos de discursos activistas y formas de protesta. Frente a los más tradicionales movimientos sociales sectoriales que luchan por un fin reconocible y limitado, el activismo en red, al estilo del movimiento alterglobalizador iniciado en Seattle, hasta Occupy Wall Street, pasando por el méxicano #Yosoy132 o el 15-M español, propone una transformación radical de las estructuras de poder y de los cauces de participación ciudadana. De alguna forma, en la Selva Lacandona se encontraba ya el ADN del nuevo activismo postindustrial: las redes zapatistas son el antecedente del nuevo ciclo mundial de protestas de la web 2.0, comenzado en 2011 con las primaveras árabes. El centro de la novedad zapatista radica en su muy otra manera de mirar el mundo, con la que rompieron con la ortodoxia marxista, utilizando un discurso, una semántica y una nueva lógica organizativa, entre las que destacó su desapego de la idea de vanguardia y su apuesta por la escucha de la sociedad civil, elementos necesarios en un cambio civilizatorio capaz de vencer al capitalismo.

La anticipación zapatista también impregna buena parte de la emergente nueva política en España. Alguna de las fuerzas políticas que están marcando la actualidad española, como la CUP catalana, reivindican expresamente su simpatía e inspiración zapatista. Lo mismo puede decirse de nuevas formaciones políticas, como Podemos o las candidaturas municipalistas que ganaron las elecciones en Madrid y Barcelona en 2015, Ahora Madrid y Barcelona en Común. Es muy fácil rastrear las influencias zapatistas en alguna de sus consideraciones políticas, sobre todo en la aspiración no centrada en la toma del poder, sino en la construcción de un nuevo mundo posible. Para ello, nada más innovador y eficaz que demostrar en la práctica que sí se puede, con asamblea y liderazgo, mandar, obedeciendo.